Una vez perdí mi nombre. Tal cual. Perdido del todo.

Tenía 29 años y fui madre por primera vez. Debí verlo venir ya en el hospital cuando en la pulsera que había en mi muñeca el nombre que aparecía era el de mi recién llegada hija. Pero
no lo vi, ni entonces ni cuando la familia y amigos empezó a visitarnos para conocer a nuestra princesita y a nadie se le ocurrió preguntar cómo me encontraba yo más allá de los detalles morbosos del parto o si mis tetas habían conseguido tener ya el suficiente alimento para la leoncita.

Cómo era posible que yo una mujer joven, profesional, independiente, hubiese perdido mi nombre durante tantos años y además sin ser consciente de ello.

La cosa no fue a mejor con mi regreso al trabajo y su entrada en el circuito escolar. Desde ese preciso instante deje de ser yo para ser la mamá de… y lo peor no es que perdiese mi nombre lo peor de todo esto es que no me di cuenta. No fui consciente hasta pasados otra maternidad, dos mudanzas y casi siete años.

El choque con la realidad que yo misma había ido tejiendo entre pañales, fiestas de cumpleaños y tardes en el parque fue brutal.

Mujer amamantando a su bebé

De pronto me encontré con un rastro de aficiones, deseos, aspiraciones abandonados tras de mí. En aquel momento entre todas las preguntas y auto-reproches que se amontonaban en mi mente había una cuestión que resonaba con mayor fuerza, ¿cómo?.

Cómo era posible que yo una mujer joven, profesional, independiente, hubiese perdido mi nombre durante tantos años y además sin ser consciente de ello. Cómo era posible que en mi teléfono móvil hubiese cerca de cincuenta teléfonos guardados en la letra M y cuyos nombres empezaban todos por mamá de…

Pues bien, después de analizar aquella situación durante horas y horas, después de acostumbrarme de nuevo a escuchar aquellas cinco letras que me nombraban, de leer artículos en busca de evidencias científicas y teniendo claro que las hormonas influyen de tal manera en el funcionamiento de los neurotransmisores que estos son capaces de modificar la química y la ingeniería de nuestro cerebro y por ende de nuestra forma de pensar, pude concluir que aquella situación era absolutamente inevitable, que todas las mujeres al ser madres renuncian de un modo u otro a parte de su personalidad y de su vida y que nada que yo hubiese hecho lo habría evitado. Y me pareció perfecto.

Mujer leyendo sentada en un sillón

La siguiente cuestión a abordar fue la de decidir que parte de mí quería recuperar. La maternidad y lo vivido aquellos años me habían proporcionado un bagaje que hacía pensar que era ridículo querer volver a mi yo anterior. No, ante mi espejo se encontraba un yo mejorado, una nueva versión renovada que aún sigue actualizándose con el paso del tiempo.

El primer gran cambio, que puede parecer frívolo ante una situación de crisis como la que viví, consistió en sustituir el enorme bolso que me acompañaba en cada salida de casa, aunque lo hiciese sin mis criaturas, y que estaba lleno de pinturas, pequeños juguetes, caramelos a medio comer, árnica para los golpes, etc. por uno más pequeño y cuco en el que solo cabían monedero, llaves, móvil y un pintalabios. Punto y final. Un bolso de mujer. No un bolso de madre.

Bolso pequeño de mujer

Un bolso de mujer porque eso es lo que quería volver a ser. Una mujer. Y tenía claro que para que el resto del mundo volviese a verme como un ser independiente de mis descendientes era yo la primera que debía de actuar como tal.

Reconozco con cierto sonrojo que yo misma meses antes de mi gran revelación había levantado el dedo acusador para señalar a una amiga lo poco apropiada que me parecía su conducta. No olvides que eres madre le dije. ¿Puede existir petición más absurda? Hay modo alguno de olvidarse de que se es madre. No, no lo hay. Olvidamos que somos mujeres, amantes, esposas, incluso amigas pero lo de ser madre se te tatúa de tal modo en el ADN que ya nunca vuelves a ser la misma.

Así, después de una larga conversación con mi agraviada amiga, de recuperar el nombre y el bolso de tamaño mujer, decidí recuperar algunas de las cosas que siempre me habían apasionado y que había abandonado por completo en pos de otras en las que ahora no me reconozco ni de lejos, y volví a escribir y ese sí que fue en mi caso el cambio definitivo.

Escribiendo dejaba de lado por completo mi parte maternal y podía centrarme en dar cabida a todos los sentimientos que había dejado en planos inferiores durante aquellos años.

Curiosamente no me siento capaz de escribir nada mínimamente maternal. Escribo relatos más o menos románticos, de auto descubrimiento, eróticos y en ocasiones incluso pornográficos pero he olvidado por completo las decenas de cuentos hiper-elaborados que invente durante años, y me siento bien. No hay culpa por reservar ese espacio solo para mí.

No la hay por estar ahora en mi habitación portátil entre las piernas mientras el mundo se acaba en el salón por cualquier cuestión adolescente. No hay culpa cuando cierro la puerta de mi habitación sola o acompañada, ni cuando viajo por placer o trabajo y estoy tan centrada en mí que acabo comprando una bolsa de chocolates de regalo en el aeropuerto en lugar de las veinte cosas que sus majestades los adolescentes deseaban.

Sigo siendo madre, y tengo la suerte de que en este proceso me ha acompañado un gran padre y marido que ha entendido a la perfección como me he ido transformando. Que respetó mi espacio cuando perdí mi nombre y que lo sigue respetando ahora que lo he recuperado.

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Pretéritas Imperfectas, o lo que es lo mismo, Itziar y Noelia son amigas desde el instituto, madrileñas, escritoras por afición y grandes lectoras. Nos cuentan que son Inquietas y andan siempre buscando nuevas experiencias, vividoras y por qué no decirlo, muy disfrutonas.

Puedes seguirlas en el perfil de Instagram de Pretéritas Imperfectas y en su canal de Youtube.

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El viaje de vuelta de madre a mujer por Pretéritas Imperfectas

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