Hoy he quedado con “las chicas”. Hace meses que no nos vemos. “Las chicas” son mis amigas desde el instituto y pese a cómo ha cambiado la vida de todas nosotras, a lo complicado que resulta a veces encontrar el momento y el espacio, ahí seguimos.

He quedado dentro de escasamente una hora y aquí estoy en mi sofá, con un pantalón viejo, una camiseta rota y sin duchar aún. No tengo prisa, con diez minutos tengo tiempo de sobra para ducharme, vestirme y dar a mi cara un ligero toque de color.

Cómoda en casa

Mi adolescente de 16 ha quedado con sus amigas y lleva desde esta mañana planificando que se pondrá. Se ha probado prácticamente todo su armario y la parte no prohibida del mío. De vez en cuando aparece por el salón para que yo le dé mi opinión y de ese modo poder hacer caso omiso de mis consejos. Es su ritual.  Un ritual que recuerdo haber celebrado muchísimas veces cuando las chicas y yo éramos las de 16.

A veces la envidio. Esa sensación de tener todo el tiempo del mundo por delante, la ausencia de responsabilidades más allá de sus estudios, la energía para apuntarse a todos los planes que surgen a su alrededor…, pero otras veces…, otras veces recuerdo cómo me sentía yo a esa edad y en los años posteriores y me alegro de haber superado todo aquel festival de hormonas e inseguridades.

la adolescencia

Esto me lleva a pensar en mi yo adolescente, en mi yo joven, en mi yo de 20 años. 

En aquella época la vida, mi vida, era una fiesta y yo no la disfruté como debiera. Disfrute mucho, muchísimo. Viajé sola, con amigos, me enamoré como idiota, bailé como loca…pero siempre, siempre una sombra de inseguridad planeaba sobre mi cabeza. Y, es que cuántas noches fuera, cuando bailaba al son de Ricky Martín y su María o la Flaca de Jarabe de Palo (sí, soy muy mayor) no fui capaz de darlo todo porque me preocupaba algo tan absurdo como mi aspecto. Y, lo que es más increíble aún, cuántas de esas noches al llegar a casa de madrugada y mirarme por última vez al espejo antes de lavarme la cara e ir a dormir descubría que mi aspecto era perfecto, que mi cara era preciosa y que había sido tonta al estar pendiente de algo así.  

Pues bien, todas aquellas noches me decía a mí misma “el próximo día recuerda esta imagen y disfruta”, pero invariablemente volvía a ocurrir lo mismo. Y siguió ocurriendo algunos años más. 

Chica sonriendo

He de decir que así como acerca de otras circunstancias de mi vida he sido plenamente consciente de en qué momento tuvo lugar el click que me hizo cambiar, en este caso no tengo la menor idea de cuándo ocurrió. Sólo sé que un  día lo bailé todo, lo reí todo y los disfruté todo sin preocuparme de absolutamente nada más y también sé que no se trata de que de pronto me sintiese más segura o madura, es simplemente que me da igual. Me da absoluta y totalmente igual lo que cualquiera que no sea yo pueda opinar de mi aspecto mientras bailo o me rio cual adolescente de 16. 

Supongo que para llegar a este punto en el que me encuentro ahora han sido necesarios muchos pequeños cambios, muchos pequeños pasos y también supongo que aún no los he dado todos. Imagino que tal vez algún día alcance esa constantemente alabada madurez y seguridad, de momento voy a darme un toque de color en las mejillas y a disfrutarlo todo con “las chicas”. 

¿un café?

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Pretéritas Imperfectas, o lo que es lo mismo, Itziar y Noelia son amigas desde el instituto, madrileñas, escritoras por afición y grandes lectoras. Nos cuentan que son Inquietas y andan siempre buscando nuevas experiencias, vividoras y por qué no decirlo, muy disfrutonas.

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No he madurado es que me da igual por Pretéritas Imperfectas

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